«Sin nieve no hay agua»: Andrés Meglioli derriba mitos sobre glaciares y minería en los Andes

Hablar de la gestión de los recursos hídricos en la alta montaña y su convivencia con la industria minera implica, muchas veces, entrar en un terreno cargado de mitos. Para despejar dudas y aportar datos técnicos duros, ACERO Y ROCA dialogó con Andrés Meglioli, geólogo experto en glaciología radicado en Estados Unidos desde hace 40 años.
Por Yenhy Navas

Con una visión global fundamentada en décadas de experiencia en el mapeo de glaciares, el especialista disecciona la realidad hidrológica de los Andes Centrales, expone las falencias del inventario actual y explica cómo las potencias mineras del norte gestionan sus estándares ambientales.
La nieve como protagonista: el verdadero aporte hídrico en los Andes
Para entender la disponibilidad de agua en provincias como San Juan, primero debemos comprender el origen real del caudal de los ríos. Frente a la incertidumbre sobre cuánto aportan los cuerpos de hielo, Meglioli es contundente: la hidrología de los Andes Centrales responde a un régimen pluvio-nival, y no glacio-pluvial.
Según el experto, aunque falta precisión milimétrica en el estudio de cada cuerpo, la proporción es abrumadora. «La nieve estacional provee la mayor parte de la escorrentía (corriente de agua que se vierte al rebasar su depósito o cauce naturales o artificiales) y aporte de agua, superando el 90%. Sin nieve no hay agua. En los Andes Centrales o en cualquier otro régimen climático similar ocurre lo mismo», asegura Meglioli.
Los estudios internacionales indican que el aporte promedio de los glaciares de escombros es apenas del orden del 2%. Incluso, en mediciones específicas de su equipo en cuencas selectas, este número desciende al 1%. Si bien el geólogo aclara que «esto no es universal y se deben completar estudios adicionales», el contraste entre el 90% de la nieve y el porcentaje marginal de los glaciares reordena las prioridades de la planificación hídrica.

Evidencia histórica: sequías extremas en ausencia de actividad minera
Para desmitificar la relación directa entre la industria en alta montaña y la escasez de agua, es necesario mirar hacia atrás. Bajo esta lógica, el entrevistado recurre a los registros históricos de caudales.
Meglioli cita los análisis forenses de los aforos del Río San Juan a finales de la década de 1960. Los datos son reveladores: en ese periodo el agua no llegó a la ciudad de San Juan, presentando condiciones críticas similares para la cuenca del Río Mendoza. «No había nada de minería y los glaciares no se tocaron. Simplemente fueron años de muy pocas precipitaciones níveas en cordillera», explica.
Esta evidencia histórica refuerza la tesis técnica: la variable crítica es la climatología y la precipitación nívea, independientemente de la actividad humana.

Las fallas del Inventario Nacional: la necesidad de pasar del satélite al terreno
Al analizar la Ley de Glaciares en Argentina, el experto señala una limitación metodológica grave:
El inventario actual es, básicamente, una «etapa de escritorio» realizada con imágenes satelitales.
Por consiguiente, Meglioli urge avanzar hacia una Segunda Fase que corrija los errores de interpretación visual. Esta nueva instancia requiere obligatoriamente pisar el terreno y aplicar tecnologías que hoy no se usan masivamente para discriminar qué es realmente un glaciar activo.

Las 3 tecnologías necesarias para la Fase 2
Según el especialista, para depurar el inventario se deben aplicar:
- Análisis geomorfológico preciso: Para justificar la clasificación de las formas y corregir errores.
- Mediciones topogeodésicas: Fundamentales para medir la deformación (el movimiento real del hielo).
- Estudios geofísicos y perforaciones: La única manera certera de determinar el volumen de hielo y su actividad.
«El resultado de esa segunda fase debería ser la mejor discriminación de geoformas activas versus inactivas», advierte Meglioli, señalando que hay formas erróneamente clasificadas como glaciares de escombros.
Además, el experto alerta sobre el vacío de información hídrica, la llamada tercera fase: «Es complejo, lleva tiempo y se debe comenzar inmediatamente. Hay que hacer estudios hidrológicos concentrados en cuantificar el aporte hídrico de cada crioforma».
Ambiente periglacial: la diferencia entre temperatura y reserva de agua

Uno de los conceptos que más traba los proyectos mineros es el de «ambiente periglacial». Meglioli aporta una distinción técnica que suele perderse en el debate público: el permafrost es una condición térmica, no necesariamente una reserva de agua. «Congelado no significa que tenga hielo; significa que está por debajo de 0 grados centígrados por 24 meses consecutivos. Es una condición de temperatura», aclara.
En los Andes Secos, es común encontrar permafrost seco o con una cantidad ínfima de hielo que no representa un aporte significativo. Meglioli explica que a menudo se protegen «rasgos fósiles bien preservados» en áreas «exageradamente amplias» que ya no cumplen ninguna función hídrica real.
El modelo del hemisferio norte: minería sin zonas de exclusión fijas
En contraposición a la incertidumbre local, Meglioli detalla cómo se maneja la convivencia entre minería y glaciares en jurisdicciones con altos estándares, basándose en sus 40 años de experiencia en el hemisferio norte. Ante la consulta sobre zonas de exclusión automática («buffers»), la respuesta es directa: «No hay buffer».
En países como Estados Unidos o Canadá, las distancias mínimas están dadas por condiciones geotécnicas y operativas. La barrera de control no es una prohibición geográfica, sino la aprobación técnica del EIA (Environmental Impact Assessment) o Declaración de Impacto Ambiental.
«La exigencia técnica, cerca o no de un glaciar, es que se apruebe el EIA. Hay muchas operaciones mineras en el Ártico que operan en ambientes periglaciales con permafrost rico en hielo», ejemplifica.

Cambio climático y la resiliencia de los glaciares de escombros
Finalmente, el análisis aborda el futuro. Meglioli confirma que el retroceso de los glaciares blancos es un fenómeno que «está ocurriendo aceleradamente».
No obstante, destaca una ventaja física de los glaciares de escombros: el material rocoso actúa como aislante térmico. «Tienen hielo cubierto, protegido por escombros que lo aíslan y pueden permanecer más tiempo», explica.
Para monitorear esta evolución, la industria ya aplica nuevas tecnologías como mediciones volumétricas con drones, una herramienta que facilita las comparaciones precisas en el tiempo y que «ya se hace en algunos proyectos mineros y de investigación».
El debate sobre la «Fase 2» del Inventario Nacional de Glaciares es una de las mayores demandas del sector privado y científico. Actualmente, el IANIGLA (instituto encargado del inventario) enfrenta el desafío de actualizar sus registros con trabajos de campo que permitan diferenciar las crioformas activas de las fósiles, un paso vital para otorgar seguridad jurídica a los proyectos mineros en zonas de alta montaña.