Valle Fértil: La resistencia de los últimos mineros artesanales frente al olvido administrativo

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Lo que hace décadas fue un polo de desarrollo con cientos de empleos directos, hoy se reduce a un puñado de mineros de segunda y tercera generación que resisten en los cerros. El relato de Cristian Riofrío expone la realidad de un sector que no pide subsidios, sino infraestructura y reglas claras para evitar que la identidad minera de Valle Fértil desaparezca. Con una inversión diaria que supera los dos millones de pesos y precios de venta que no logran cubrir los costos, la minería artesanal se encuentra en un punto de no retorno.

Por Antonela Rodriguez Echenique

Cristian Riofrío se trasladó a Villa Unión, La Rioja, donde mantiene activa la actividad minera en la cantera Mina Jorge Primero.

Cristian Riofrío se trasladó a Villa Unión, La Rioja, donde mantiene activa la actividad minera en la cantera Mina Jorge Primero.

En este sentido, con 47 años de edad y una vida transcurrida entre cerros, Riofrío es un minero de segunda generación que comenzó formalmente en la actividad a los 18 años, aunque ya desde los 12 caminaba las huellas mineras junto a su padre. Hoy, con sus propios hijos «empapándose en el tema», él representa la resistencia de un sector que pasó de la abundancia al borde de la extinción.

Cristian Riofrío, productor de minería artesanal Valle Fértil, en su zona de trabajo.

Riofrío representa a la segunda generación de mineros que lucha por no desaparecer.

El esplendor de una industria que fue motor del departamento

Hace poco más de cuatro décadas, la actividad minera en el departamento funcionó como el principal sustento económico. Empresas como Zafiro llegaron a emplear a 120 trabajadores locales, mientras que el sector indirecto —carnicerías, panaderías y estaciones de servicio— dependía del latido de las canteras. Cristian recordó con precisión aquel dinamismo: “Se manejaba un monopolio económico que era la única industria que estaba en el departamento… a full, digamos”. En aquel contexto, la minería artesanal permitió que cientos de jóvenes accedieran a su primera vivienda y vehículo, generando un progreso social que hoy se recuerda con nostalgia.

No obstante, la transición hacia la actualidad resultó implacable. De los 17 productores activos que operaron simultáneamente en la zona, la cifra cayó drásticamente a sólo cuatro, aseguró el productor. Esta retracción no respondió a la falta de mineral, sino a un cambio estructural. Riofrío explicó que, al ser lotes fiscales, la zona urbana comenzó a poblarse cerca de las moliendas, lo que restringió las horas de producción por normativas ambientales y de salud. “Se fue cada vez reduciendo… se quedó después más que nada con la actividad en mina”, señaló, marcando el inicio del fin del valor agregado local.

La paradoja del valor agregado y la tecnología invisible

El trabajo en la cantera mantuvo su esencia manual: la clasificación del cuarzo y el feldespato se realiza «maceando», separando piedra por piedra para garantizar la pureza. “La clasificación se hace a mano, no hay otra forma. Sí o sí se hace maceándola” detalló Riofrío sobre este proceso artesanal donde se separan minerales como la mica o la albita en diferentes montículos.

Simultáneamente, estos minerales, extraídos con esfuerzo físico extremo, terminarán integrando productos de alta tecnología. Desde cristalería fina y pantallas de teléfonos celulares hasta paneles solares y esmaltes para porcelanato, la minería de Valle Fértil provee la materia prima para la vida moderna.

A pesar de esta relevancia tecnológica, el eslabón local se debilitó al perderse la capacidad de molienda departamental, obligando a los productores a enviar el material en bruto hacia San Luis o Córdoba.

Antiguas moliendas de cuarzo cerca de zonas urbanas en Valle Fértil.
La falta de planificación territorial desplazó a las moliendas, quitándole valor agregado al mineral local.

Números que asfixian la rentabilidad del pequeño productor

La viabilidad económica de la minería artesanal se encontró con un muro infranqueable: el costo operativo disparado por la inflación y la dolarización de los insumos. En la actualidad, mantener una mina activa demanda una inversión cercana a los $2.000.000 diarios. Este monto incluyó salarios, combustible, repuestos de maquinaria y explosivos. “Tenés que sacar mínimo dos viajes por día de mineral” para que los números cierren, advirtió el productor.

Por otro lado, el valor de comercialización no acompañó este ritmo de gastos. La tonelada de mineral se posicionó entre los $40.000 y $45.000, un precio que Riofrío calificó como insuficiente ante la «picardía» de los compradores externos. “Perdió la rentabilidad la minería artesanal al entrar productos de afuera… el costo operativo se fue acrecentando porque todo era en dólares”, sentenció.

El reclamo administrativo: 260 kilómetros por una firma

Clasificación manual de cuarzo y feldespato en la minería artesanal Valle Fértil.
El «maceo» es un proceso artesanal clave para garantizar la pureza del mineral que termina en celulares y paneles solares.

Uno de los puntos de mayor fricción para los mineros vallistos fue la desconexión institucional. El productor señaló una falencia crítica: la falta de una oficina administrativa en el departamento. Para gestionar un estudio de impacto ambiental o cumplir con trámites burocráticos, los trabajadores deben recorrer 260 kilómetros hasta la capital provincial.

Riofrío fue categórico al describir esta odisea: “Tenemos que dejar de trabajar, dejar todo lo que estás haciendo, viajar cientos de kilómetros… pagar hospedaje allá para ir a hacer un trámite y, a veces, ir, poner una firma y pegar la vuelta”. Este desarraigo administrativo, sumado a la falta de apoyo para regularizar documentación de manera ágil, provocó un cansancio crónico en el sector.

Migración de mano de obra y el costo del desarraigo

En consecuencia, la mano de obra calificada que el propio sector preparó —perforistas y maquinistas formados en los cerros de Valle Fértil— migró hacia la megaminería. El impacto es tangible: Cristian Riofrío hoy opera en La Rioja, donde emplea a 80 personas, que bien podrían estar trabajando en suelo sanjuanino si existieran oficinas locales y reglas claras. Nunca la minería tuvo el apoyo que debería tener acá en el departamento”, concluyó, dejando en claro que la minería artesanal no solicita subsidios, sino las condiciones básicas para no quedar sepultada bajo el peso de la burocracia y el olvido.

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