Salta y litio: cuando la transición energética avanza sobre territorio protegido
La expansión minera en la Reserva Los Andes abre un debate profundo entre desarrollo, agua y comunidades en la puna argentina
Por Redacción Acero y Roca

El desierto de la Puna salteña es una zona de estrés hídrico y alta amplitud térmica. Foto: Mongabay Latam
En la inmensidad de la puna salteña, donde el paisaje parece inmóvil y el tiempo se mide en silencios, algo está cambiando. No de forma abrupta, pero sí constante. El litio, ese mineral que hoy sostiene la promesa de la transición energética global, avanza sobre uno de los territorios más sensibles de Argentina: la Reserva Los Andes.
La reserva que da vida a la Puna
Los Andes es un gran desierto lleno de vida, hogar de flamencos y lagartos en peligro donde confluyen las ecorregiones de la Puna y el Altoandino. La reserva es tan importante para la provincia de Salta que representa el 80 % de toda la superficie que el gobierno provincial ha declarado como área protegida. Desde su creación en 1980 necesita un plan de manejo pero las autoridades no consiguen implementarlo.
La Reserva Natural de Fauna Silvestre Los Andes tiene una extensión de 14.450 kilómetros cuadrados en el noroeste de Argentina, más que países como Jamaica, Líbano o Montenegro. Pero apenas cuenta con un único guardaparque, sin vehículo, para cuidar sus salares y salinas de alta montaña, sus vicuñas y sus sitios arqueológicos y ceremoniales.
Dentro de los salares del área protegida el gobierno provincial de Salta ha concesionado 22 proyectos mineros para explorar y extraer litio.
Creada con el objetivo de preservar ecosistemas altoandinos únicos, esta área protegida atraviesa hoy una transformación que no siempre se percibe a simple vista. Bajo la superficie blanca de los salares, el interés por el litio crece al ritmo de la demanda mundial, y con él, la presencia de proyectos mineros que se expanden incluso dentro de los límites de la propia reserva.
Protección ambiental o megaminería

En ese escenario operan algunas de las compañías más relevantes del sector, entre ellas Rio Tinto y Ganfeng Lithium, con proyectos que en algunos casos ya proyectan producción a escala industrial. Sin embargo, uno de los aspectos que más inquieta a especialistas es que varios de estos desarrollos no hacen referencia explícita a su ubicación dentro de un área protegida, un detalle que no es menor en términos de planificación y control.
Según relevamientos recientes, más de una veintena de iniciativas, principalmente en etapa de exploración, se superponen total o parcialmente con este espacio protegido. No se trata de una intervención marginal, sino de un proceso que alcanza salares clave como Arizaro, Pocitos, Rincón o Pastos Grandes, nombres que hoy forman parte del mapa estratégico del litio a nivel global.
Proyectos políticos que no protegen el bien más preciado :el agua

El punto de quiebre parece ubicarse algunos años atrás. En 2018 se elaboró un plan de manejo para la reserva que buscaba ordenar el uso del territorio y compatibilizar la actividad productiva con la conservación. Pero ese instrumento nunca llegó a aplicarse. Desde entonces, la expansión minera avanzó sin una hoja de ruta clara que estableciera límites precisos.
En este contexto, el debate deja de ser exclusivamente técnico y se vuelve profundamente territorial. Porque en la puna, el recurso más valioso no siempre es el mineral. Es el agua. Los salares funcionan como sistemas complejos donde cada intervención tiene consecuencias. La extracción de litio, que requiere volúmenes significativos de agua, se inserta en un equilibrio natural extremadamente frágil, donde cualquier alteración puede modificar dinámicas que tardaron siglos en consolidarse.
Las comunidades aborígenes están en alerta

A esa tensión ambiental se suma la dimensión humana. En localidades como San Antonio de los Cobres o Tolar Grande, las comunidades mantienen un vínculo directo con el territorio. Allí, el salar no es solo un recurso económico: es sustento, cultura y forma de vida. La llegada de la minería introduce oportunidades, pero también incertidumbres que no siempre encuentran respuestas inmediatas.
Lo que ocurre en la Reserva Los Andes refleja, en el fondo, un dilema que atraviesa a toda la industria a nivel global. La transición energética necesita litio, cobre y otros minerales críticos para avanzar. Pero esa misma transición abre interrogantes sobre los costos locales de ese desarrollo. El desafío no es menor: cómo evitar que la solución a una crisis global genere nuevas tensiones en los territorios donde se extraen esos recursos.
Argentina deberá buscar el equilibrio entre el litio y el agua

Argentina, con uno de los mayores potenciales de litio del mundo, se encuentra en el centro de ese debate. Y casos como el de Salta muestran que la discusión ya no pasa únicamente por atraer inversiones, sino por definir con claridad bajo qué condiciones se desarrollan.
El litio representa una oportunidad histórica. Pero en la puna salteña, esa oportunidad convive con una pregunta que todavía no tiene una única respuesta: cómo crecer sin romper el equilibrio que sostiene al territorio.
Agradecemos a Mongabay Latam su aporte en esta nota.