ANÁLISIS
La sorpresiva visita del fundador de Microsoft a una mina de cobre de Codelco en Chile muestra una verdad compleja de la tecnología global. Detrás de los algoritmos existe una demanda física colosal que impulsa el renacimiento nuclear y explica la urgencia del Súper RIGI en Argentina.
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Un vuelo privado lo dejó en el norte de Chile con una aparente agenda turística, pero la atención del magnate se desvió rápidamente hacia la roca. Bill Gates, cofundador de Microsoft, pidió personalmente conocer las instalaciones de Chuquicamata, el histórico complejo cuprífero operado por la estatal Codelco en las cercanías de Calama.
Lejos de quedarse en la superficie, el empresario ingresó directamente a la mina subterránea para observar de primera mano la escala técnica de una de las operaciones más representativas de la región andina. El recorrido se dio en el marco de su viaje hacia San Pedro de Atacama, uno de los destinos más demandados del desierto chileno.
La verdad física detrás de la nube y la inteligencia artificial
Y acá es donde el debate sobre la economía del conocimiento suele omitir una verdad incómoda: la nube no flota en el aire, está anclada a la tierra con cables, servidores y sistemas de refrigeración. El desarrollo exponencial de la Inteligencia Artificial (IA) ha desatado una demanda de infraestructura física que no tiene precedentes, mostrando que el avance de Silicon Valley depende directa y exclusivamente de la base extractiva global.
La visita de Bill Gates a la mina de cobre de Codelco funciona como la radiografía perfecta de este momento. Aunque oficialmente estuvo enmarcada en un itinerario turístico por el norte chileno, la presencia del cofundador de Microsoft recorriendo el yacimiento, deja en evidencia el peso estratégico del metal rojo.
Ya sea por pura casualidad o interés corporativo, el telón de fondo no se pueda negar. No hay proyecto de inteligencia artificial, redes de transmisión de alta capacidad ni transición energética global que pueda sostenerse sin cobre. Y justamente aquí es donde Argentina y Chile se vuelven las figuritas buscadas del álbum.
La carrera de los magnates por el control de los minerales

Aunque Gates ya no dirige las operaciones diarias de Microsoft, su presencia en las galerías chilenas responde a una lógica de mercado. A través de su sociedad de inversión Breakthrough Energy Ventures, el magnate ha financiado a más de 110 startups que prometen revolucionar la energía y la industria global. Pero casi todas comparten un denominador común: dependen de la minería para existir.
El peso real de este fondo radica en quiénes ponen el dinero. Entre los socios de Gates figuran millonarios como Jack Ma (Alibaba), Jeff Bezos (Amazon); Michael Bloomberg (Bloomberg LP), Richard Branson (Virgin Group), Reid Hoffman (LinkedIn), George Soros (Soros Fund Management) y, llamativamente, el mismísimo Mark Zuckerberg (Meta), entre otros. Es decir, quienes lideran la explosión algorítmica también financian la búsqueda de los metales para sostenerla.
Startups y mapeo algorítmico del subsuelo
Las joyas de su corona corporativa exigen metales críticos a gran escala. Proyectos valorados en miles de millones, como Commonwealth Fusion Systems (fusión nuclear) o Fervo Energy (geotermia avanzada), requieren kilómetros de tendidos eléctricos, transformadores y superconductores donde el cobre es irremplazable. Paralelamente, sus apuestas por el almacenamiento a largo plazo, como las baterías de hierro-aire de Form Energy o los sistemas de litio en estado sólido de QuantumScape, presionan directamente sobre la cadena extractiva de Sudamérica.
Para garantizar el éxito de estas tecnologías físicas, el fondo también invierte fuerte en software aplicado a los recursos. Juntos inyectan millones en empresas como KoBold Metals, una firma que utiliza precisamente inteligencia artificial para explorar y mapear nuevos yacimientos de cobre, litio y cobalto a nivel global. A esto se suman proyectos como Pachama, la startup de origen argentino que valida créditos de carbono mediante análisis satelital algorítmico.
Los grandes fundadores tecnológicos saben que la guerra de esta década no está en el código, sino en el subsuelo. Gigantes como Meta, OpenAI y Google compiten ferozmente, pero los dueños del capital saben que quien garantice el acceso a la infraestructura física, cobre, litio y uranio, va a ser quien se quede con la medalla.
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La energía de la IA: el renacimiento nuclear

El hardware es solamente el primer eslabón; el segundo es el consumo eléctrico. Los algoritmos requieren volúmenes de energía que las redes tradicionales ya no pueden garantizar. Este nudo explica los movimientos tectónicos que se registraron a lo largo de este año en el mercado energético.
Tal y como nuestro medio analizó en enero, los acuerdos firmados por Meta (la compañía de Mark Zuckerberg) con empresas como Vistra, TerraPower y Oklo para inyectar hasta 6,6 GW hacia 2035 marcaron un punto de inflexión. Este paquete se consolidó como el mayor compromiso corporativo nuclear de la historia, traccionando el precio internacional del uranio y confirmando que las gigantes tecnológicas ven en la fisión atómica la única salida viable para alimentar sus servidores sin colapsar la red.
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El «Súper RIGI» y la cadena global del Sur

En este tablero global de hiperconsumo de metales y energía, como es lógico, Argentina busca posicionarse como un nodo de procesamiento. El proyecto de ley que impulsa el Gobierno nacional para crear incentivos específicos para las Big Tech y centros de datos (con una baja de Ganancias al 15%), conocido como el «Súper RIGI», ya cuenta con media sanción en Diputados. El propio presidente Javier Milei ha defendido públicamente este régimen especial a lo largo de octubre, apuntando a megaproyectos tecnológicos del calibre de Stargate, impulsado por OpenAI.
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Sin embargo, el círculo de la IA siempre vuelve a la roca. Detrás de los beneficios fiscales y las promesas de innovación, la instalación de estos polos de inteligencia artificial requerirá baterías, semiconductores, transformadores y sistemas de enfriamiento masivos.
Es ahí donde el Sur Global ratifica su rol indispensable. La revolución tecnológica del siglo XXI no se va a escribir únicamente con códigos, sino con el litio de Argentina, Bolivia y Chile; el cobalto de África, el uranio y el cobre andino. Y eso, seguramente Bill Gates lo sabe.

Editora de Acero y Roca. Redactora de crónicas de actualidad, piezas de investigación y análisis especializado sobre el desarrollo minero regional y global.