Un ingeniero con 50 años de experiencia propone tratar el río Jáchal en lugar de traer agua del Pacífico. El costo: menos de la mitad. El beneficio: por lo menos 20 cultivos nuevos, agua potable segura, boro para vender, un cambio en la economía de la zona norte de la provincia y un incremento, probablemente exponencial, en la licencia social.

El ingeniero Luis Jiménez Parra (77) es un destacado investigador, profesor emérito y Director del Instituto del Agua de la Universidad Católica de Cuyo. Fue parte del equipo que en 1974 trabajó en los estudios de factibilidad de los diques de San Juan. En 1984-85, cuando se licitó Cuesta del Viento sin estudio de factibilidad previo, lo llamaron para hacer el modelo hidroquímico del futuro embalse.
Por eso, cuando el año pasado leyó la noticia de que Vicuña (el megaproyecto de cobre que une Josemaría y Filo del Sol) iba a necesitar 1,2 metros cúbicos por segundo (1.200 litros por segundo) de agua, y que la solución era traer agua desalinizada del Océano Pacífico, bombearla a 4.000 metros de altura y cañería por 150 km, se le ocurrió la posibilidad de «desalinizar el agua del río Jáchal, que es tan mala«, explica Jiménez.
De esta idea tiempo después nació un documento técnico que el Instituto del Agua de la Universidad Católica de Cuyo (UCCuyo) puso a disposición de la empresa. De qué se trata.

El agua mala del río Jáchal como un lastre histórico
El río Jáchal nace de la confluencia del río Blanco (que viene de La Rioja, con alta carga salina y alto contenido de boro) y el río de la Palca (que baja de la cordillera, de mejor calidad). El caudal medio del Jáchal es de 9 m³/s: 3 del Blanco, 6 de la Palca.
Pero el Blanco es malo. Tiene una salinidad total de 3,5 g/l y un contenido de boro de 3,9 mg/l. El boro es un fitotóxico: en concentraciones altas, quema las hojas y mata las plantas. Por eso, históricamente, los pobladores de Iglesia, Jáchal y Huaco desarrollaron una técnica ancestral para sobrevivir: rotar cultivos de leguminosas (que fijan nitrógeno) con frutales y hortalizas, y usar el doble de agua de riego (técnica llamada “lámina de lixiviación”) para “lavar” las sales hacia el fondo del suelo.
“Esa es la única explicación de por qué no se han salinizado los suelos de Jáchal durante tantos años”, explica Jiménez. Pero la técnica se fue perdiendo, y la falta de una red de drenaje adecuada hizo que el problema de fondo nunca se resolviera.
La propuesta para desalinizar en la junta de la Palca

La idea de Jiménez es simple en concepto, aunque compleja en ingeniería. En lugar de traer agua del Pacífico (35 g/l de sal), propone desalinizar el propio río Jáchal en el punto donde se juntan el Blanco y la Palca (La Junta de la Palca). El caudal a tratar sería de 5 m³/s: la totalidad del Blanco (3 m³/s) y una parte de la Palca (2 m³/s). El resto de la Palca (4 m³/s) se mantendría sin tratar.
El proceso sería el mismo que planea Vicuña: ósmosis inversa. Pero con una diferencia crítica: la salinidad de entrada es diez veces menor. “No tenemos que bombear a 4.000 metros, ni hacer cañería de cientos de kilómetros”, resume Jiménez.
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Como resultado, el agua del río Jáchal aguas abajo pasaría de una salinidad total de 3,5 g/l a 1,4 g/l, y el boro bajaría de 3,9 mg/l a 0,5 mg/l (dentro de la norma del Código Alimentario Argentino).
Los costos del proyecto aseguran que cuesta la mitad

El informe desglosa los costos estimados. La eliminación del boro (primera etapa) costaría 0,8 usd/m(^3). La desalinización general (segunda etapa) costaría 0,64 usd/m(^3). Total: 1,44 usd/m(^3).
“Producir agua desalinizada del lado del río Jáchal cuesta menos de la mitad que la otra opción, porque aunque la planta del lado argentino tendría que procesar casi cinco veces más caudal (5 m³/s vs. 1,2 m³/s), el ahorro en bombeo, cañería y energía es tan grande que compensa con creces». afirma Jiménez.
La inversión inicial estimada sería de USD 518 millones (para una planta de 5 m³/s, con 25 años de recuperación de capital). El costo diario operativo: unos USD 192.800. El costo anual: USD 70 millones.
Jiménez aclara que son números estimativos, porque no tienen acceso a los datos cerrados del proyecto Vicuña. “Por eso le elevamos la propuesta a la empresa el año pasado, para que ellos la evaluaran y afinaran los valores. No tuvimos respuesta”.
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El impacto social para pasar de cuatro cultivos a más de veinte

“Lo más importante está en cómo se podría cambiar la fisionomía de Iglesia, Jáchal y Huaco, lo que pondría a esos departamentos en condiciones de ser una fuente de abastecimiento de alimentos para la propia minería”, expone el investigador.
Hoy, con el agua actual, los cultivos viables son solo cuatro o cinco. Con el agua tratada, la tabla de cultivos tolerantes se amplía a más de 20 especies.
El boro como un subproducto comercializable y no como desecho

El proceso de desalinización genera un rechazo (las sales extraídas). En este caso, serían 1.209 toneladas por día de sales, con un alto contenido de boro. “El boro se puede separar y comercializar como bórax, un producto usado en muchas industrias. Tiene un precio que todavía no hemos evaluado, pero es un punto añadido importante”, señala. A su vez la sal remanente, ya sin boro, también podría tener usos industriales o incluso agrícolas controlados.
La lección de Veladero: el agua potable de Jáchal ya tuvo que independizarse

Jiménez aporta un dato que no está en el documento pero que refuerza la urgencia de su propuesta. Tras el derrame de cianuro en Veladero (2016), la presión de los jachalleros fue tan fuerte que OSSE (Obras Sanitarias Sociedad del Estado) tuvo que hacer una perforación en la Huerta de Huachi para independizar la planta de tratamiento de agua potable de Jáchal del dique Cuesta del Viento y del canal Pachimoco.
“Hoy el agua potable de Jáchal no viene del río. Si se tratara el agua como propongo, esto no haría falta. El río Jáchal volvería a ser una fuente segura”, explica.
La reforma pendiente: descentralizar Hidráulica y organizar el agua por cuencas
Por otra parte, Jiménez detalla la necesidad de descentralizar el Departamento de Hidráulica y organizar la gobernanza del agua por cuencas. “El cambio climático nos obliga a mirar tanto la legislación como la organización desde otro punto de vista. No tienen nada que ver y no se parecen en absoluto la cuenca del Valle de Tulum con la de Iglesia, Calingasta o Valle Fértil«, sostiene.
Su propuesta implica organizar la gobernanza del agua por cuencas, con participación de los usuarios, los municipios y las empresas mineras. “Estamos trabajando en una propuesta para que las mineras participen en la gobernanza. Para eso habría que descentralizar un poco el Departamento de Hidráulica”, adelanta.
La idea no es menor. Implicaría una reforma administrativa profunda, pero también una oportunidad para que las grandes inversiones mineras contribuyan a una gestión más resiliente del recurso más escaso.
La licencia social y el financiamiento verde
Jiménez pone el acento en la licencia social. “Si una empresa minera participa en un proyecto de estas características en conjunto con la comunidad, califica a nivel internacional para conseguir financiamiento más barato. Las empresas pueden acceder a créditos con tasas referenciales porque tienen licencia social de hecho”, explica.
Una invitación a Vicuña

La propuesta del ingeniero Luis Jiménez Parra no es solo técnica. Es también un llamado a no repetir errores del pasado. “Cuesta del Viento no logró los resultados esperados porque no se hizo red de drenaje, y porque no se involucró a la comunidad en la gobernanza. Ahora tenemos una oportunidad única con Vicuña.”
El informe ya fue elevado a la empresa el año pasado. “Nosotros como universidad aportamos el conocimiento y la propuesta. Pero deben evaluarlo quienes pueden usarlo, incluso los productores», relata el director.

Periodista y Licenciado en Comunicación Social, integra el equipo editorial de Acero y Roca. Especializado en actualidad y política minera, se encarga de la cobertura de proyectos y el análisis de la realidad provincial con un enfoque activo y comprometido con la información de primera mano.