La geóloga Alejandra Pittaluga advierte que evaluar un proyecto cordillerano exige mirar mucho más que su área operativa. Agua, vegas, suelo, vegetación, fauna y relieve forman un sistema interconectado cuya recuperación puede ser lenta, parcial o, en algunos casos, no reproducir las condiciones originales.

LO ESENCIAL EN 10 SEGUNDOS
Alejandra Pittaluga, coordinadora del Gabinete de Geología Ambiental, explicó que gran parte de la actividad exploratoria sanjuanina se desarrolla en alta montaña. Allí, bajas temperaturas, escasez de agua y formación lenta de suelos vuelven más compleja la recuperación ambiental y obligan a planificarla antes de intervenir.
Cuando se habla de minería en alta montaña, la primera imagen suele ser la instalación industrial, los caminos o el área directamente intervenida. Para Pittaluga, ese recorte resulta insuficiente porque deja afuera el sistema ambiental del que forma parte la operación. “La mayor cantidad de emprendimientos mineros que están actualmente en etapa de prospección o exploración son desarrollados en ambientes de alta montaña, particularmente en la región de la Cordillera de los Andes”, explicó a ACERO Y ROCA.
En ese contexto, evaluar un proyecto exige ampliar la escala de observación. “Cuando nosotros nos referimos a minería de alta montaña no nos referimos solamente al lugar donde se va a instalar la empresa minera para sus operaciones, sino que tenemos que mirar el sistema ambiental completo”.
La montaña no termina en la huella del proyecto
“Cuando hablamos de sistema ambiental completo hablamos de la zona montañosa en general, el suelo, el agua tanto superficial como subterránea, la vegetación y, dentro de la vegetación, los humedales o vegas, y la fauna que está interconectada”, enumeró Pittaluga para explicar el panorama.
A simple vista, la cordillera puede transmitir una impresión diferente. Sin embargo, “aunque uno piense en un ambiente de cordillera como un ambiente árido, sin ningún tipo de vestigio de vida, conforman en su totalidad un ecosistema muy especializado, donde cada uno de estos componentes cumple una determinada función”.
En rigor, esa interdependencia es la que modifica la manera de pensar los impactos. No alcanza con determinar si vuelve a crecer determinada vegetación o si puede reconstruirse físicamente una superficie: también importa qué ocurrió con el agua, el suelo y los procesos que sostenían el funcionamiento ambiental. Por eso, sintetiza Pittaluga, “pensar el ecosistema o el sistema ambiental dentro de áreas de desarrollo minero es pensar todo este conjunto”.
Vegas: agua y biodiversidad dentro de un paisaje árido

Entre esos componentes, las vegas de alta montaña permiten observar con claridad por qué una superficie relativamente acotada puede cumplir funciones ambientales mucho más amplias.
“Las vegas son superficies húmedas que están dentro de un paisaje extremadamente árido, pero que tienen una enorme importancia ecológica. Allí se concentra la biodiversidad, se almacena la materia orgánica, el carbono y cumplen una función fundamental en la regulación del agua”, explicó.
En algunos casos, agregó, grandes vegas dentro de la cordillera están vinculadas con nacientes de cursos de agua importantes. El funcionamiento de estos humedales tampoco depende de un único componente. “El agua prácticamente sostiene a todo este sistema y la vegetación de este humedal está adaptada a condiciones muy particulares; contribuye también a retener el agua y la materia orgánica y da determinadas características al suelo”.
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Por qué la recuperación en altura lleva más tiempo
Esa relación entre componentes es especialmente relevante. “Estos ecosistemas de alta montaña son muy sensibles, porque las condiciones ambientales son extremas”, señaló Pittaluga. Entre ellas enumeró bajas temperaturas, escasa disponibilidad de agua, fuertes vientos y períodos muy breves de crecimiento vegetal.

“Los suelos se forman extremadamente lento. Si un ser humano genera una perturbación en alguno de estos componentes, lo que en otros ambientes se recupera rápidamente, en la zona de alta montaña requiere mucho más tiempo”.
Por consiguiente, el problema no se limita a preguntarse si un elemento vuelve a aparecer después de una intervención. Frente a una actividad de gran escala, sostiene Pittaluga, la sociedad podría preguntarse si “la vegetación va a volver a crecer”, pero el interrogante técnico debería ir más lejos: “¿Podemos llegar a recuperar estas condiciones físicas, químicas, biológicas e hidrológicas que permitan que este ecosistema siga funcionando?”.
Restaurar no significa volver al estado original
Esa complejidad obliga también a pregunta si es posible restaurar. “Sí, es posible, pero solo algunos componentes de este ecosistema. Hay que ser muy cuidadoso con la palabra restaurar, porque no significa dejar el lugar como estuvo originalmente”, explicó Pittaluga, y advierte: “Hay componentes que pueden demandar décadas, cientos o miles de años. Algunos pueden llegar a recuperarse, pero sus características no van a volver a ser como eran en su estado original«,
En este sentido, la recuperación apunta a restablecer procesos y no simplemente a reconstruir una apariencia. “Tenemos que recuperar el funcionamiento del suelo, la disponibilidad de agua, la vegetación, los microorganismos, los ciclos de los nutrientes”.
Por eso, la especialista plantea que la restauración debe comenzar mucho antes del cierre del proyecto e incluso antes de que ocurra el impacto. “Se puede lograr una recuperación importante cuando se planifica la intervención humana desde el comienzo con criterios de restauración”, sostuvo. Entre las medidas mencionó conservar adecuadamente el suelo superficial, controlar procesos erosivos y mantener o recuperar el funcionamiento hidrológico. Para hacerlo, primero se necesita una línea de base ambiental que permita conocer cómo funciona el lugar antes de intervenirlo.
“La mejor restauración ambiental es aquella que evitará destruir aquello que va a ser difícil devolver a su estado original”.
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Suelo y paisaje: los límites de la recuperación

El problema comienza, en parte, por cómo suele interpretarse ese recurso. “A veces, cuando hablamos de suelo, pensamos solamente que es esa tierra suelta o ese ripio, pero en realidad el suelo es un sistema vivo y complejo que depende de procesos físicos, químicos y biológicos para su formación”. Por eso, agregar una nueva capa sobre la superficie no significa necesariamente reconstruir las condiciones del suelo que existían antes de la intervención. “Una excavación de gran magnitud, aparte de modificar el relieve del sector, produce una alteración que no siempre puede reverirse”, explicó.
Por eso, Pittaluga propone: “Tenemos que diferenciar aquello que puede ser técnicamente remediado, lo que puede ser restaurado parcialmente y algo que puede implicar una pérdida permanente”. Y esa evaluación no debería quedar para el final: “Debemos hacer esta previsión previo al inicio de cualquier actividad”.

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La discusión no es sólo minería sí o minería no
A partir de esos límites, Pittaluga desplaza la discusión desde una oposición absoluta hacia las condiciones concretas en las que podría desarrollarse la actividad. “Hoy no podemos estar planteándonos minería sí o minería no en términos concluyentes y absolutos, sino que debemos preguntarnos dónde, cómo y en qué condiciones, y con qué nivel de intervención esta actividad se puede desarrollar”.
El límite, desde su mirada, hay que evitar que una intervención comprometa “procesos ambientales que son fundamentales para las generaciones futuras”.
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Periodista y licenciada en Comunicación Social, especializada en Comunicación Política y Medios Digitales. Se desempeña, desde hace más de 8 años, en periodismo, comunicación digital y gestión de redes sociales. Actualmente forma parte de Acero y Roca, medio especializado en la actualidad minera. Su trayectoria combina el trabajo periodístico con la comunicación estratégica y la creación de contenidos.