Antes de que una perforadora atraviese cientos de metros de roca, existe un trabajo silencioso que combina observación, análisis químico, geofísica e interpretación geológica. El geólogo Julián Maidana explica cómo las montañas revelan, paso a paso, las pistas que permiten decidir dónde buscar un posible yacimiento mineral.

LO ESENCIAL EN 10 SEGUNDOS
La exploración minera comienza mucho antes de la perforación. A partir de muestras superficiales, estudios geofísicos y modelos tridimensionales, los geólogos reconstruyen la estructura oculta de una montaña para definir dónde perforar y comprobar si las señales observadas corresponden realmente a una concentración de minerales.
Una montaña puede parecer uniforme para quien la observa desde la superficie. Sin embargo, para un geólogo especializado en exploración, cada roca, cada sedimento y cada variación del terreno pueden convertirse en una pista sobre lo que ocurre cientos de metros debajo del suelo. La tarea consiste en interpretar esas señales dispersas hasta transformarlas en una hipótesis capaz de guiar una perforación en búsqueda de minerales ocultos.
Ese trabajo se parece más a reconstruir un rompecabezas que a salir a buscar minerales al azar. La exploración moderna combina observación de campo, análisis de laboratorio y herramientas geofísicas para elaborar una imagen tridimensional del subsuelo antes de realizar una inversión que demanda tiempo, equipos especializados y un importante esfuerzo técnico.
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Para Julián Maidana, la perforación representa apenas una etapa dentro de un proceso mucho más amplio. Antes de llegar a ese punto, los geólogos deben aprender a «leer» una montaña y comprender el lenguaje que esconden sus rocas.

Las primeras pistas aparecen mucho antes de perforar
La búsqueda de un yacimiento comienza caminando el terreno. Aunque décadas atrás muchos hallazgos se producían de manera fortuita o dependían en gran medida de la experiencia personal del explorador, hoy la prospección sigue siendo el primer paso, pero apoyada en herramientas que permiten interpretar la información con mayor precisión.
«La exploración empieza con la prospección. Se toman muestras que pueden ser de sedimento o de roca y eso te da una anomalía química. Antes tenías que ser un estudioso para reconocer muchas cosas; ahora cualquiera puede tomar una muestra, enviarla a un laboratorio y saber qué elementos químicos contiene», explica Maidana.
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Los resultados de esos análisis no confirman por sí solos la existencia de un yacimiento. Lo que hacen es revelar anomalías geoquímicas, es decir, concentraciones de determinados elementos que merecen ser investigadas con mayor profundidad. Para el geólogo, esas anomalías funcionan como las primeras pistas de una historia que todavía está incompleta. «Eso es lo que hay en superficie. Pero para entender qué hay debajo necesitás conocer el volumen, necesitás el 3D», resume el especialista.
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La imagen oculta del subsuelo
Después de identificar las señales superficiales comienza una etapa de interpretación. El objetivo ya no es saber únicamente qué minerales aparecen en una muestra, sino entender cómo se distribuyen bajo tierra y si forman parte de una estructura geológica continua.
Para responder esa pregunta, los equipos recurren a distintos métodos geofísicos capaces de detectar variaciones físicas del terreno sin necesidad de excavarlo. Geoeléctrica, magnetometría, radiometría y gravimetría aportan información complementaria que permite delinear posibles zonas de interés antes de decidir dónde perforar.

Primero tenés el mapa de superficie, después la geoquímica y luego una geofísica indicativa. Recién con esos datos metés la perforación, porque es lo único que finalmente te va a decir si hay o no hay», sostiene Maidana. Lejos de ofrecer una respuesta definitiva, estas herramientas permiten reducir la incertidumbre. Cada nuevo dato se incorpora a un modelo geológico que ayuda a visualizar una estructura que permanece completamente oculta bajo la montaña y orienta las decisiones de exploración.
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De la hipótesis a la evidencia
Cuando la información reunida en superficie y los estudios geofísicos apuntan hacia una misma zona, llega el momento más esperado de la exploración: la perforación. Lejos de ser el punto de partida, constituye la herramienta que permite comprobar si la interpretación geológica construida durante meses coincide con la realidad del subsuelo.
«La única forma de saber si hay o no hay es hacer una perforación», afirma el geólogo. Según relata, cada pozo representa una pregunta formulada a la montaña, cuya respuesta llegará únicamente a través de las rocas extraídas y de los análisis posteriores. «Con el aire reverso se obtiene una muestra representativa de cada metro perforado. Ese material después se cuartea y una parte se envía al laboratorio para el análisis químico», explica el especialista.
Existen dos métodos principales de perforación utilizados durante la exploración. El primero es la perforación diamantina, que emplea una corona con diamantes industriales para extraer un cilindro continuo de roca, conocido como testigo o núcleo. El segundo es el sistema de aire reverso, que tritura la roca y recupera el material en forma de fragmentos y polvo para su posterior análisis.
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Cada perforación implica una inversión significativa, por lo que nunca se realiza al azar. Maidana estima que una campaña puede demandar alrededor de US$ 200 por metro perforado, razón por la cual los equipos buscan reducir al máximo la incertidumbre antes de definir la ubicación de cada pozo. «Nadie va a meter un pozo porque sí. Cuando se perfora es porque ya hay una interpretación geológica que indica que vale la pena comprobar esa hipótesis», resume.
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El testigo de roca conserva la historia de la montaña
Entre todos los materiales obtenidos durante una campaña de exploración, el testigo de roca ocupa un lugar central. Ese cilindro continuo conserva el orden de las capas atravesadas por la perforación y permite reconstruir con precisión la historia geológica del sector estudiado. «El testigo se parte con un disco diamantado. Una mitad se manda al laboratorio y la otra queda guardada para conservar el perfil completo de la perforación», explica Maidana.
La porción enviada al laboratorio sirve para realizar análisis químicos y determinar la presencia de distintos elementos. La otra mitad permanece almacenada como respaldo del trabajo realizado y puede volver a consultarse durante futuras investigaciones o auditorías técnicas.

Sin embargo, el análisis no comienza cuando el testigo llega al laboratorio. Mientras la perforación avanza, un geólogo registra cada tramo recuperado en una tarea conocida como logueo geológico, donde identifica tipos de roca, alteraciones minerales, fracturas y otras características que ayudan a interpretar cómo evolucionó ese sector de la montaña. «Siempre hay alguien en boca de pozo haciendo el logueo. Es quien va describiendo el tipo de roca que sale y hace el primer dibujo de lo que está mostrando la perforación», señala.
La recuperación del testigo también aporta información valiosa. Si el material extraído no coincide con la longitud perforada, los especialistas pueden inferir la presencia de fracturas, arcillas o cavidades naturales que modifican el comportamiento de la roca y enriquecen el modelo geológico.
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Del dato aislado al modelo que explica una montaña
Ninguna muestra, análisis químico o perforación explican por sí solos la complejidad de un sistema mineral. El verdadero desafío consiste en integrar miles de datos obtenidos durante la exploración para construir un modelo tridimensional capaz de representar la geometría del subsuelo. Cada resultado confirma, corrige o descarta interpretaciones previas. A medida que se incorporan nuevas perforaciones, el modelo gana precisión y permite comprender cómo se distribuyen las estructuras geológicas, las alteraciones minerales y las zonas con mayor potencial.

La tecnología también amplió las herramientas disponibles para esa tarea. Maidana explica que hoy es posible registrar imágenes tridimensionales del interior de los pozos mediante cámaras especiales, lo que permite observar fracturas, estructuras y características de la roca sin depender únicamente del testigo recuperado. «Ya hay estudios que hacen una fotografía en 3D del sondeo. Podés ver cómo está fracturada la roca, si tiene arcillas o movimientos, y sumar toda esa información al modelo geológico», destaca.
La experiencia profesional del geólogo también resulta determinante durante este proceso. Maidana recuerda que, durante una campaña en Veladero, el primer pozo confirmó la hipótesis construida a partir de los estudios previos y mostró mineralización prácticamente desde la superficie hasta casi los 200 metros de profundidad. Más allá del resultado puntual, el caso refleja cómo una interpretación correctamente sustentada puede orientar con éxito una campaña de exploración.
La exploración minera comienza con la capacidad de interpretar señales casi imperceptibles y de relacionarlas para construir una explicación coherente sobre lo que permanece oculto bajo la superficie. Cada muestra representan una nueva pieza de ese rompecabezas. Antes de que una montaña revele si alberga un yacimiento mineral, alguien tuvo que aprender a leer la historia geológica escrita en sus rocas. Esa combinación de conocimiento científico, observación y tecnología continúa siendo la herramienta más valiosa de la exploración moderna.