Tras 35 años de evolución, los campamentos mineros en Chile pasaron de ser refugios precarios a infraestructuras estratégicas de alta tecnología. Hoy, en San Juan, bajo la misma premisa, apunta a la construcción de un campamento bajo terminos de operatividad y habitabilidad.

LO ESENCIAL EN 10 SEGUNDOS
La arquitectura minera chilena se transformó radicalmente en 35 años, impulsada por leyes como el DS 594. Lo que nació como dormitorios compartidos en condiciones básicas hoy son complejos modulares de alta eficiencia que garantizan salud y privacidad, convirtiéndose en piezas clave para el éxito operacional de la industria. De este lado de la cordillera, Los Azules proyecta su campamento bajo los mismos términos.
El fin de la precariedad: de la Villa San Lorenzo a la actualidad
En los años noventa, lo que hoy conocemos como un estándar básico era un lujo inexistente. La transformación comenzó a gestarse cuando el concepto de «ciudad minera» (que incluía familias y escuelas en lugares como Sewell o Chuquicamata) dio paso al campamento provisorio y modular diseñado para sistemas de turno.
El hito que marcó el inicio de la era moderna ocurrió en 1990, cuando Minera Escondida levantó la Villa San Lorenzo en el desierto de Antofagasta. Este fue el primer campamento moderno tal como lo entendemos hoy, dejando atrás la infraestructura básica y los estándares mínimos de confort para dar paso a espacios diseñados estratégicamente para el descanso y la salud.

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La voz de la experiencia en el terreno
«Recuerdo, hace casi 30 años, cuando partí en el boom de la minería de los 90. La condición profesional era buena, pero la infraestructura era precaria: la calidad de la construcción, los sistemas de ventilación y calefacción, hasta cosas tan simples como la ropa de cama. En mi primer proyecto, los cuatro profesionales líderes del contratista compartíamos una sola habitación con un único baño. Hoy en día, eso no se ve», cuenta Leonardo López, actual Project Manager de BHP Chile
En los 90´, los turnos de 21 días continuos en la faena se tornaban complejos por el aislamiento geográfico y el clima hostil. El frío intenso y las condiciones precarias demostraron que si el trabajador no descansa bien, la productividad se va al tacho y la salud corre peligro.

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Normativas que forjaron un nuevo estándar habitacional
Este salto de calidad fue por un marco legal que obligó a profesionalizar cada metro cuadrado construido. La Ley 19.300 sobre Bases Generales del Medio Ambiente, promulgada en 1994, fue el primer gran filtro. Desde 1997, cualquier proyecto minero debe pasar por el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA), lo que obligó a planificar seriamente el tratamiento de agua y la sostenibilidad de las instalaciones.
Por medio del Decreto Supremo 594/1999 el Ministerio de Salud, decreto vigente desde 2001, estableció parámetros audibles y medibles que cambiaron las pautas para siempre:
- Dormitorios separados por sexo.
- Temperatura interior garantizada entre 10 °C y 30 °C.
- Ventilación mínima de 10 m³ de aire por trabajador.
- Dotación de agua potable de al menos 100 litros diarios por persona.
- Servicios higiénicos con agua fría y caliente.
Según explica López, este decreto ajustó la ocupación de las habitaciones. «Donde antes dormían cuatro personas, comenzaron a permitirse sólo dos o tres. Mejoró el espacio, la aislación y la calidad constructiva. Todo se volvió más modular y eficiente«.
¿Qué es el SEIA?
El Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA)es un instrumento preventivo que permite a las autoridades ambientales determinar, antes de ejecutar un proyecto, si este cumple con la normativa vigente y mitiga adecuadamente sus posibles impactos. Este sistema evalúa la viabilidad ambiental de proyectos mediante dos instrumentos principales, dependiendo de la magnitud de los impactos:
- Declaración de Impacto Ambiental (DIA): Se presenta cuando el proyecto no genera impactos ambientales significativos según la ley.
- Estudio de Impacto Ambiental (EIA): Requerido si el proyecto presenta al menos un impacto ambiental significativo, exigiendo un análisis profundo y medidas de mitigación.
En países como Chile, el proceso se encuentra regulado por la Ley 19.300 y es administrado a través del Servicio de Evaluación Ambiental (SEA), el cual utiliza una plataforma electrónica llamada e-SEIA para la tramitación de expedientes y la gestión de permisos. En la República Argentina, el marco general se basa en la Ley Nacional N° 25.675 y las normativas específicas de cada jurisdicción, como el Ministerio de Ambiente.
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El impacto disruptivo de la pandemia y la habitación individual
La llegada del COVID-19 aceleró los procesos de una manera impensada. La necesidad de distanciamiento social y protocolos sanitarios estrictos modificó la densidad de ocupación en los campamentos de Chile.
Hoy por hoy, el estándar máximo suele ser de dos personas por habitación, pero la demanda por la privacidad ha crecido exponencialmente. El campamento dejó de ser un lugar de «sacrificio» para ser un entorno capaz de sostener el desempeño operacional. López destaca que «con la pandemia prácticamente se pasó a habitaciones individuales. Cuando se quiso volver atrás, la gente no lo aceptó tan fácil».
Esta realidad ha llevado a que los campamentos actuales se parezcan más a pequeñas ciudades que a dormitorios de paso. Cuentan con conectividad digital de primer nivel, equipamiento deportivo y áreas de recreación como el sport bar diseñado para el campamento Collahuasi, que busca fomentar la conexión entre colegas en un ambiente acogedor.

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Los Azules: proyectar un hogar para vivir en la cordillera sanjuanina
En la provincia de San Juan, el proyecto Los Azules se posiciona bajo una premisa superadora: el campamento no es solo un lugar de alojamiento, sino el sitio donde el trabajador pasará gran parte de su vida. La dirección del proyecto entiende que, tanto en la etapa de construcción como en la de operación, el personal suele estar más tiempo en la faena que en sus propios hogares,.
El objetivo central de Los Azules es crear un entorno acogedor que minimice el riesgo de deserción laboral, un fenómeno común en condiciones de altitud extrema. «Uno tiene que estar en un lugar cómodo poder disfrutar», destaca el gerente de Obras de Los Azules, Juan Carlos Caparrós. La infraestructura está pensada para que, al culminar la jornada, el trabajador encuentre buenos comedores, instalaciones deportivas y espacios de recreación que compensen el desarraigo y los momentos familiares perdidos, como graduaciones o nacimientos.

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Capacidad operativa y habitalidad
Los Azules se enfoca primordialmente en sus capacidades operativas y en los estándares de habitabilidad necesarios para la alta montaña, tales como:
- Mitigación de Condiciones Ambientales: el entorno debe estar preparado para que el personal pueda enfrentar las condiciones de altitud, proporcionando un lugar «acogedor» que facilite la recuperación diaria
- Capacidad de Resistencia Climática: soportar eventos climáticos extremos de una semana o más. Esto marca una diferencia fundamental con la etapa de exploración actual, donde las nevadas obligan a la desmovilización preventiva del personal para evitar riesgos.
- Continuidad Operacional: garantizar que la mina pueda operar los 365 días del año y las 24 horas del día. Esto requiere instalaciones que mantengan condiciones de confort constantes independientemente del clima exterior.
- Infraestructura de Servicios: contempla la inclusión de buenos comedores, servicios sanitarios de calidad y espacios específicos para actividades físicas y recreativas.
- Versatilidad de Etapas: La infraestructura está siendo planificada para servir tanto durante la fase de construcción como cuando el proyecto pase a ser una mina en operación plena.
La evolución de los campamentos mineros es el reflejo de una industria que comprendió que su activo más valioso es el capital humano. La transformación de estas estructuras, de módulos precarios a comunidades tecnificadas, no solo responde a una obligación legal, sino a una necesidad competitiva: en un mercado global que demanda eficiencia y sostenibilidad, la habitabilidad es la garantía de la continuidad operativa. El desafío futuro radica en cómo estas «ciudades temporales» lograrán una integración aún más profunda con el entorno natural, minimizando su huella hídrica y energética sin retroceder un solo centímetro en el confort conquistado para quienes hacen patria en la alta cordillera.
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