Tras superar un bloqueo climático de más de tres semanas, un trabajador minero detalla la resiliencia operativa y el impacto emocional de permanecer aislado en la cordillera sanjuanina durante el temporal más severo en décadas.

LO ESENCIAL EN 10 SEGUNDOS
Ángel Rivero, operario de limpieza de 26 años, regresó tras 23 días varado en un campamento minero por un temporal de nieve récord. Pese al aislamiento, destacó la continuidad de la rutina, el soporte psicológico y el alivio del reencuentro familiar justo para el cumpleaños de su segundo hijo.
El desafío de los 23 días en la cumbre
La inmensidad de la cordillera de San Juan impuso su ley con un fenómeno que no se registraba con tal magnitud desde hace un cuarto de siglo. En este escenario, Ángel Rivero (un joven trabajador de 26 años que lleva 6 años en el sector minero) se encontró frente a su mayor desafío profesional y personal hasta la fecha. Lo que debía ser un roster convencional de 14×14, se transformó en una estadía de 23 días debido a la severidad del clima que imposibilitaba cualquier movimiento hacia el llano.
«Fue una experiencia dura. El primer temporal grande arriba. He agarrado temporales grandes, pero no tanto como este», confiesa Rivero con la calma de quien ya respira el aire de Iglesia tras el descenso. La magnitud del evento se evidencia en las estructuras del campamento, donde la nieve acumulada llegó a cubrir gran parte de los accesos y escaleras de los módulos, transformando el paisaje en una muralla blanca infranqueable.

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Rutina y servicios esenciales bajo cero
A pesar de la espectacularidad de las imágenes que circulaban en distintos sitios web, la vida dentro del campamento mantuvo una estructura rigurosa. Rivero, quien se desempeña en el sector de aseo, explicó que las tareas no se detuvieron, aunque el entorno hubiera cambiado drásticamente. La clave para mantener la estabilidad mental y operativa fue, precisamente, no romper la rutina diaria.
«La rutina siempre ha sido la misma porque estamos adentro nomás. Tenemos que hacer el aseo día a día», señala el operario, desmitificando cualquier idea de caos interno. En este sentido, la labor de limpieza se volvió fundamental para garantizar que los espacios comunes siguieran siendo habitables mientras el viento y la nieve golpeaban las paredes de los módulos habitacionales. Ángel recalca que, a diferencia de lo que sugerían algunos rumores alarmistas, los insumos básicos nunca faltaron: «Se decía que estaban quedando sin comida, sin agua, siendo cosas que nada que ver porque gracias a Dios hemos podido alimentarnos bien».

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Comunicación y soporte: el puente con el llano
Uno de los pilares más críticos durante los 23 días de lejanía de seres queridos, fue la gestión de la comunicación y el bienestar emocional del personal. La empresa, consciente del desgaste que implica superar el día 14 de un roster (momento en que el cerebro está programado para el descanso), implementó medidas de contención profesional.
«La empresa nos brindó online una entrevista con psicólogos y toda asistencia necesaria», explica Rivero, aunque añade que la experiencia previa en la montaña ayuda a forjar un carácter especial ante estas situaciones. Sin embargo, la mayor preocupación no estaba en la montaña, sino en las familias que esperaban noticias abajo. «Constantemente estábamos en comunicación tratando de llevar las cosas lo mejor posible para brindarles tranquilidad», comenta Ángel, subrayando que la principal duda de sus seres queridos era confirmar su bienestar ante las versiones cruzadas que circulaban en redes sociales.

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El alivio del descenso y el reencuentro familiar
La noticia más esperada llegó la noche del martes 4 de agosto. Tras semanas de incertidumbre y de ver cómo otros grupos (algunos con 30 días de permanencia) lograban bajar, Ángel recibió la confirmación. «Nos avisaron el martes en la noche que bajábamos a las 8 de la mañana del día siguiente. Fue un alivio volver a estar con mi familia», relata con emoción.
El tiempo apremiaba por un motivo muy especial: el primer cumpleaños de su segundo hijo. «Justo el viernes es el cumpleaños de mi segundo hijo que cumple primer añito. Estaba preocupado por poder llegar a compartir el festejo». Afortunadamente, Rivero pudo llegar a tiempo para la celebración, cerrando un ciclo de tensión con un reencuentro que compensa cada hora de espera bajo la nieve. Tras el esfuerzo, el trabajador gozará ahora de 12 días de descanso, mientras la empresa reacomoda los rosters operativos tras el impacto del temporal.

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El caso de Ángel Rivero no es solo una crónica de supervivencia individual, sino un testimonio de la madurez operativa que ha alcanzado la industria minera en contextos de crisis climática. La efectividad de los protocolos de soporte psicológico, la garantía de suministros y la transparencia en la comunicación familiar demuestran que la seguridad del factor humano es, hoy más que nunca, el activo más valioso de la actividad. Este temporal histórico, lejos de ser una tragedia, se consolida como una lección de logística y resiliencia que marcará un precedente en la gestión de campamentos de alta montaña para las próximas décadas.

Periodista especializada en gestión minera, sustentabilidad y desarrollo regional. Con un enfoque centrado en la transparencia y la comunicación estratégica, analiza el impacto de la industria en las comunidades y el marco institucional del sector. En Acero y Roca, es la voz encargada de desglosar los desafíos de la licencia social y los procesos de modernización minera.