La carrera global por los minerales de la transición energética abrió un debate clave para la Argentina: exportar la roca no alcanza. Un análisis del geólogo Guillermo Pensado expone cómo la verdadera captura de riqueza exige migrar de la mera ventaja geológica a un ecosistema de proveedores tecnológicos. Cifras que explican por qué Australia factura más en servicios mineros que Perú en toda su producción extractiva.

LO ESENCIAL EN 10 SEGUNDOS
La visión tradicional de competir vendiendo materia prima a bajo costo fue desplazada por el concepto moderno de competitividad, centrado en la productividad y la prosperidad local. En países con bajo encadenamiento, el 45% del gasto operativo de una mina se fuga en compras a empresas internacionales. En naciones desarrolladas, hasta el 70% queda en proveedores locales. Australia factura USD 70.000 millones al año solo a través de sus proveedores mineros y exporta USD 20.000 millones en conocimiento y tecnología. Argentina transita un paso decisivo: elevar el nivel técnico de sus pymes para evitar la pérdida de contenido local a medida que se exige mayor valor agregado.
La demanda de minerales indispensables para la carbononeutralidad al 2050 está reconfigurando la economía geopolítica. Sin embargo, contar con yacimientos de escala mundial en la cordillera no garantiza la prosperidad de una región.
El paradigma de la explotación minera atravesó un giro conceptual profundo. Durante la presentación realizada en el ciclo del Student Chapter 2026, el geólogo Guillermo Pensado, presidente de la Cámara Mendocina de Empresas Mineras (CAMEM) y vicepresidente de la Fundación Plan Pilares, analizó la diferencia entre abastecer al mercado internacional con materias primas primarias y construir una arquitectura microeconómica competitiva.
«Había una visión tradicional de qué era ser competitivo cuando empezó la globalización a fines del siglo pasado. Esto era la capacidad de introducir productos en el mercado. No importaba la prosperidad local, era producir barato y venderlo a todo el mundo. Desde hace ya este siglo, hacia 2008, empieza a instalarse la visión moderna. La competitividad es producir bienes y servicios que generen prosperidad y puedan ser introducidos en el mercado internacional con eficiencia», sostuvo Pensado.
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De la fuga de divisas a la captura de riqueza local
El impacto de una operación minera sobre su entorno depende en gran medida de la procedencia de sus insumos y contratistas. Cuando el tejido productivo de un país no está preparado para responder a las exigencias operativas, la mayor parte del flujo de dinero termina retornando a los centros industriales del exterior.
La comparación entre dos modelos de desarrollo muestra brechas considerables en la retención del gasto operativo anual. En los países extractivos de menor desarrollo de proveedores, las compras internacionales absorben el 45% del presupuesto de operaciones de un yacimiento, dejando un magro 12% para el empresariado local. Por el contrario, en los sistemas industriales consolidados, las importaciones directas caen al 6% y las compras a la cadena de valor local capturan cerca del 60% al 70% del presupuesto operativo.
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Las estadísticas de facturación anual confirman esta disparidad de escala. Durante el año 2020, el PBI minero de Perú alcanzó los USD 22.400 millones, mientras que el de Chile rondó los USD 46.000 millones. En ese mismo periodo, la red de proveedores locales de Australia facturó USD 70.000 millones en bienes y servicios dentro de su propio mercado extractivo, superando el valor de la producción directa de las dos naciones sudamericanas combinadas.
«Noruega, con un PBI minero similar al de Chile, exporta bienes y servicios mineros en volúmenes gigantescos. Australia facturó 70.000 millones de dólares solo de los proveedores locales. Pero además de eso, como han desarrollado innovación y conocimiento, han exportado empresas de bienes y servicios por 20.000 millones de dólares», explicó el geólogo.
«Ese es un nicho en el que se puede entrar. No solo precisás un motor como es la minería y el potencial geológico, sino que además precisás recursos humanos, universidades y empresas competitivas», remarcó.
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La paradoja del valor agregado y la trampa de la competitividad
Un fenómeno recurrente en las economías regionales es la pérdida gradual de participación local a medida que los servicios requeridos ganan en complejidad tecnológica. En los eslabones de menor sofisticación, como el movimiento de suelos, el transporte de personal o el catering, las empresas locales suelen capturar casi la totalidad de los contratos. No obstante, al avanzar hacia el procesamiento, la metalurgia avanzada y la automatización, la presencia del capital local tiende a desplomarse.
Forzar un esquema de compre local sin estándares de eficiencia atenta contra la propia sustentabilidad del yacimiento. Para que la minería mantenga la viabilidad económica en un contexto internacional exigente, la cadena de valor debe elevar sus estándares técnicos mediante certificaciones, capacitación de recursos humanos e investigación aplicada.
«Si yo pierdo competitividad y vendo servicios malos, a quien afecto es a la producción. Si quiero que la producción sea altamente competitiva, los proveedores tienen que seguir ese encadenamiento de competitividad«, advirtió Guillermo Pensado. «Estas empresas que empiezan a desarrollar capacidades nuevas de conocimiento y tecnología además van a tener un valor agregado para salir a vender servicios a otra mina, a otra provincia o a otro país, pero también esa experiencia la pueden volcar a otras industrias. Es un valor agregado que queda en la comunidad», agregó.
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El trayecto argentino: de la Fase 2 a la consolidación tecnológica
La evolución del sector minero argentino puede dividirse en tres ciclos bien delimitados. La Fase 1, iniciada en la década de 1990 tras la sanción de la Ley de Inversiones Mineras (Ley 24.196) y las reformas al Código de Minería, permitió poner en marcha la exploración sistemática de yacimientos de escala global como Bajo de la Lumbrera, Veladero y Salar de Hombre Muerto.
Actualmente, el país se encuentra afianzado en la Fase 2. La operación continua en provincias como San Juan, Santa Cruz, Salta, Catamarca y Jujuy consolidó clústeres de proveedores locales y esquemas de desarrollo provincial. A la par, jurisdicciones con tradición industrial en hidrocarburos y metalmecánica como Mendoza aportan capacidad técnica capaz de migrar sus servicios hacia la minería sustentable.
El desafío inmediato consiste en dar el salto decisivo hacia la Fase 3, un estadio donde convergen países como Australia, Canadá, Alemania y Suecia. En este segmento, la minería deja de ser meramente extractiva para transformarse en una industria intensiva en patentes, desarrollo científico e innovación aplicable. «El crecimiento económico es el resultado de factores endógenos de un sistema económico y no de exógenos. Por eso es importante empezar a trabajar en factores internos como investigación y desarrollo para mejorar los procesos productivos, el desarrollo tecnológico y capacitar los recursos humanos que están dentro de esa región», argumentó Pensado.
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«En Argentina tuvimos una primera fase en los 90 gracias al potencial geológico y las reformas legales. Hoy estamos en la fase dos con desarrollo de proveedores clústeres en provincias mineras. El camino que nos queda por recorrer para llegar a la fase tres exige inversión en investigación y desarrollo para generar valor agregado altamente competitivo», concluyó el profesional.

Periodista especializado en minería, ambiente, ciencia y economía. Desde San Juan, cubre la actividad minera con mirada crítica y enfoque en sus impactos, oportunidades y protagonistas, buscando explicar los procesos detrás de cada proyecto y acercar información rigurosa a la comunidad.