El geólogo e investigador Aldo Luis Banchig, en diálogo con ACERO Y ROCA advirtió sobre el impacto crítico de extraer agua acumulada durante miles de años en las profundidades de los acuíferos cordilleranos. Explicó que la sobreexplotación genera depresiones hídricas irreversibles y riesgos de salinización para las comunidades.
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LO ESENCIAL EN 10 SEGUNDOS
Aldo Luis Banchig explicó que el agua extraída a más de 100 metros de profundidad tiene una antigüedad estimada de hasta 20.000 años. Señaló que la extracción intensiva de aguas fósiles provoca un «efecto embudo» que deprime la capa freática. Advirtió que la recuperación hídrica superficial informada por los estudios de impacto suele enmascarar la verdadera afectación de capas profundas. Cuestionó la superficialidad de los informes técnicos que omiten el análisis detallado de los flujos subterráneos y la dinámica microbiana.
La discusión en torno a la gestión del agua en regiones áridas y semiáridas de la cordillera sumó una nueva alerta técnica sobre el uso de reservas subterráneas no renovables a escala humana. Mientras los proyectos extractivos intensivos demandan volúmenes masivos de recursos hídricos para sus operaciones, el debate científico pone el foco en la vulnerabilidad de los acuíferos profundos y los tiempos geológicos necesarios para su recarga.
El Dr. Aldo Luis Banchig detalló los mecanismos físicos y temporales que rigen el movimiento del agua en las entrañas de la montaña, cuestionando la validez de las mediciones de remediación que presentan las empresas mineras.
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El ciclo milenario de los acuíferos profundos
Para comprender la magnitud de la extracción subterránea, es necesario analizar cómo se comportan los flujos hídricos a medida que aumenta la profundidad de perforación. Los sedimentos y fracturas rocosas actúan como estructuras de retención donde el agua circula a velocidades extremadamente lentas.
«La media de recarga de los acuíferos en los primeros 25 metros puede tardar semanas o meses, pero ya por debajo de los 50 y 200 metros estamos hablando de cientos a miles de años de recorrido de esa agua porque es una esponja muy apretada», explicó Banchig.
Bajo esta lógica hidrogeológica, cualquier intervención que perfore por debajo de los cien metros altera un equilibrio que tardó milenios en consolidarse. «En cualquier lugar que estés extrayendo agua subterránea más allá de los 70 o 100 metros, ya estás extrayendo agua de hace 20.000 años; es decir, esa agua tardó ese tiempo en llegar hasta ese lugar», enfatizó el geólogo.
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El «efecto embudo» y el riesgo de salinización lateral
La extracción masiva de caudales genera alteraciones geométricas en las napas subterráneas conocidas técnicamente como conos de depresión. Este fenómeno no solo vacía el volumen inmediato, sino que modifica drásticamente las direcciones del flujo hídrico subterráneo. «Cada vez que sacás agua se genera una especie de embudo, se deprime la capa que estás sacando y después se va a ir recargando, lógicamente», detalló el docente.
Sin embargo, los datos oficiales presentados en los informes de impacto ambiental suelen ofrecer una lectura parcializada de la velocidad de recuperación de los acuíferos, confundiendo la infiltración superficial reciente con la restitución de las capas profundas. «Te dicen que la recuperación ha sido en ocho años y que fue casi perfecta, pero esa infiltración superior de arriba tiene apenas 60 años. No se movilizaron las capas profundas», advirtió Banchig.
Como consecuencia de este vaciamiento diferencial, el movimiento inducido del agua puede conectar sectores de calidad heterogénea y comprometer de manera definitiva el recurso disponible para las poblaciones locales. «Esa depresión genera un movimiento de agua subterránea donde podrías traer aguas de algún sector que está salinizado y arruinaste tu acuífero. Es un problema serio porque no hay un conocimiento acabado de los flujos«, remarcó el especialista.

La crítica a la formalidad de los estudios hidrogeológicos
Uno de los cuestionamientos centrales del investigador apunta a la falta de rigor metodológico en las evaluaciones técnicas previas a la habilitación de los yacimientos. Según su perspectiva, la recolección de datos responde habitualmente a un cumplimiento administrativo antes que a una comprensión sistémica del ecosistema subterráneo.
«La crítica fundamental es que todos los estudios que plantea el informe de impacto ambiental simplemente cumplen con una formalidad; no hay un estudio profundo ya sea de movilidad de agua subterránea, relación interespecie o análisis a nivel microscópico de hongos y bacterias», sostuvo el investigador.

Para Banchig, la viabilidad de la actividad exige una inversión proporcional en monitoreo y control preventivo que las compañías operadoras suelen evitar debido a los altos costos operativos que demanda la investigación científica de alta precisión. «Para que haya una verdadera remediación, tendrías que invertir la misma cantidad de dinero que genera la mina, porque hacer todo ese seguimiento es sumamente costoso y los detalles que faltan son innumerables», concluyó.
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Periodista especializado en minería, ambiente, ciencia y economía. A cargo de notas de análisis e investigación, cubre la actividad minera con mirada crítica y enfoque en sus impactos, oportunidades y protagonistas, buscando explicar los procesos detrás de cada proyecto y acercar información rigurosa a la comunidad.