Encontrar un animal o una planta durante un relevamiento no alcanza para determinar su vulnerabilidad. La distribución, las poblaciones, el hábitat y la información científica ayudan a establecer qué especies requieren atención especial.

LO ESENCIAL EN 10 SEGUNDOS
Encontrar una especie no significa automáticamente que esté amenazada. Su estado de conservación depende de información sobre distribución, poblaciones, hábitat y riesgos. Existen evaluaciones y categorizaciones científicas a escala nacional e internacional. Una especie puede requerir atención especial si tiene una distribución restringida, poblaciones en descenso o necesidades ecológicas específicas. Conocer cómo vive una especie permite definir medidas concretas de prevención, mitigación o conservación.
Cuando un relevamiento ambiental encuentra una especie en el área donde se desarrolla un proyecto minero, el primer registro no responde por sí solo la pregunta más importante: ¿esa especie necesita una protección especial?
Para responderla no alcanza con saber que está allí. Es necesario conocer qué tan amplia es su distribución, cómo evolucionan sus poblaciones, qué ambiente utiliza y cuáles son las condiciones que necesita para sobrevivir y reproducirse. Recién a partir de esa información es posible entender si una especie enfrenta riesgos particulares y qué tipo de atención puede requerir.
La bióloga y consultora ambiental María José Guillemain, egresada de la Universidad Nacional de San Juan, explicó a ACERO Y ROCA que el problema comienza, muchas veces, con la falta de conocimiento disponible. “Hay muchas especies de flora y de fauna que no son lo suficientemente conocidas en cuanto a su ecología”, explicó Guillemain. Esa falta de información puede complicar la interpretación de lo que ocurre en el territorio.
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Encontrar una especie no alcanza para conocer su vulnerabilidad
Los relevamientos ambientales permiten registrar la presencia de especies y construir información sobre los ecosistemas donde se desarrollan las actividades. Pero un hallazgo puntual no permite, por sí mismo, establecer si una especie está en retroceso, si su población es estable o si el lugar donde fue observada constituye una parte crítica de su hábitat.
Para Guillemain, el conocimiento disponible sobre muchas especies todavía presenta vacíos importantes. “Muchas veces no sabés exactamente hasta dónde está una especie, por ejemplo”, señaló. Esa situación adquiere relevancia en provincias como San Juan, donde los relevamientos realizados en distintos territorios pueden aportar registros sobre especies cuya distribución todavía no está completamente documentada.
También explicó que, en algunos casos, la información obtenida durante campañas ambientales puede ampliar el conocimiento disponible sobre dónde vive una especie. “Capaz que los únicos datos que tenemos de distribución son los que han relevado las empresas mineras en sus monitoreos”, comentó.
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Ese dato no convierte automáticamente a un relevamiento realizado para un proyecto en una evaluación del estado de conservación. Sin embargo, sí muestra por qué los registros de campo pueden aportar información que luego debe ser interpretada dentro de un contexto científico más amplio. La Lista Roja de la UICN, una de las principales referencias internacionales sobre el estado de conservación de las especies, también contempla la falta de información como una categoría específica. Una especie puede figurar como Datos Insuficientes cuando no existe información adecuada para evaluar directamente su riesgo de extinción a partir de su distribución o del estado de sus poblaciones.
Cómo se determina si una especie enfrenta riesgo
Las evaluaciones de conservación utilizan distintos criterios para analizar el riesgo de extinción. La UICN evalúa, entre otras variables, la distribución geográfica, el tamaño de las poblaciones, sus tendencias de aumento o disminución y análisis vinculados con la probabilidad de extinción. Las categorías Vulnerable, En Peligro y En Peligro Crítico integran el grupo de especies consideradas amenazadas dentro de ese sistema.
Guillemain explicó que detrás de esas evaluaciones existe un trabajo especializado que requiere estudiar cada especie y reunir información durante períodos prolongados. “Necesitamos especialistas, necesitamos gente que se siente a estudiar especie por especie”, sostuvo la bióloga.
Entre las variables que pueden influir en una evaluación aparece la reducción de las poblaciones a lo largo del tiempo. También puede ser determinante que una especie tenga una distribución geográfica muy restringida. “Puede pasar porque hay estudios que determinan que hay un decrecimiento de las poblaciones a lo largo de los años, o porque están muy restringidas a un área y no están en ningún otro lugar”, aclaró la especialista.

En la Categorización de los Mamíferos de Argentina, elaborada en un proceso conjunto entre la autoridad ambiental nacional y la Sociedad Argentina para el Estudio de los Mamíferos (SAREM), los criterios más utilizados para evaluar las especies incluyeron la distribución geográfica y la reducción del tamaño poblacional.
En el caso de las aves, la Argentina también cuenta con una Categorización de las Aves de la Argentina según su estado de conservación, elaborada por el entonces Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable y Aves Argentinas, como herramienta para identificar situaciones de amenaza y aportar información para las acciones de conservación.
Conocer cómo vive una especie cambia las medidas de protección
El estado de conservación es una parte de la respuesta. La otra consiste en conocer cómo vive una especie y qué condiciones necesita en su ambiente. Una especie puede no reaccionar de la misma manera frente a todos los cambios. Algunas pueden depender de sectores muy específicos para reproducirse, alimentarse o refugiarse. Otras pueden ser más sensibles a la fragmentación del hábitat o a cambios en la disponibilidad de agua.
La primera condición para evaluar la sensibilidad frente a una modificación ambiental es contar con información sobre la especie. “Primero tenés que conocer la especie”, remarcó. La bióloga puso como ejemplo a un ave que necesita un ambiente determinado para nidificar. Si una actividad modifica o elimina esos sitios, puede afectar una condición necesaria para que la especie se reproduzca.
“Si yo intervengo los lugares de nidificación, esos lugares tienen que ser preservados para asegurar la continuidad”, explicó Guillemin. A partir de ese conocimiento pueden diseñarse medidas específicas. No se trata necesariamente de aplicar una misma respuesta a todas las especies, sino de identificar qué condiciones resultan importantes para cada una.

Señaló que, según el caso, pueden definirse sectores de exclusión o medidas destinadas a preservar determinados ambientes.“Se van haciendo esas medidas particulares de acuerdo a lo que conocés de la especie, de la distribución y de la ecología de la especie”, detalló. Así, el monitoreo deja de ser solamente un registro de presencia y ausencia. La información puede utilizarse para identificar qué cambios deberían evitarse o qué sectores requieren una atención particular.
Por qué no existe una misma especie indicadora para todas las minas
No existe una especie que funcione automáticamente como indicador ambiental para todos los proyectos mineros. La sensibilidad de una especie depende de las características del ambiente y de la información obtenida durante los estudios de base. La altitud, la cuenca, el clima y las condiciones ecológicas del territorio pueden modificar qué especies requieren un seguimiento más específico. Esa definición se construye a partir de lo que muestran los relevamientos iniciales y el conocimiento disponible sobre las especies registradas.
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“En cada área geográfica determinarás, en base a lo que has monitoreado y relevado de base, cuáles son las especies más sensibles”, señaló. Por esa razón, una especie puede convertirse en un foco particular de seguimiento en un territorio y no tener la misma relevancia en otro. “Eso se trabaja en forma particular en cada proyecto y en cada área geográfica”, remarcó la bióloga.
El punto de partida sigue siendo el mismo: conocer qué hay en el territorio y entender cómo funciona.

Del hallazgo a una medida concreta de conservación
El recorrido entre encontrar una especie y decidir una medida de protección tiene varias etapas. Primero está el relevamiento de campo. Después, la identificación de la especie y la consulta de la información disponible sobre su distribución, sus poblaciones y su ecología. A eso se suman las categorizaciones científicas nacionales y las referencias internacionales que permiten conocer si existen evaluaciones previas sobre su riesgo de conservación.
Recién entonces puede analizarse qué tipo de atención requiere. Para María José Guillemin, el conocimiento sobre la especie resulta determinante para poder interpretar los cambios observados durante el tiempo. “Si no tengo información de cómo se comporta, de su distribución y de su ecología, me cuesta mucho más decir por qué cambió”, explicó.
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La pregunta sobre qué especies necesitan protección en un proyecto minero, finalmente, no se resuelve con un único avistaje. Se resuelve con información acumulada, evaluaciones científicas y conocimiento sobre la forma en que cada especie utiliza y depende de su ambiente. Y ahí aparece uno de los desafíos hacia adelante: cuanto menor es la información disponible sobre una especie, mayor es la necesidad de seguir generando conocimiento antes de poder comprender con precisión qué cambios enfrenta y qué medidas pueden contribuir realmente a su conservación.

Periodista especializado en minería, ambiente, ciencia y economía. Desde San Juan, cubre la actividad minera con mirada crítica y enfoque en sus impactos, oportunidades y protagonistas, buscando explicar los procesos detrás de cada proyecto y acercar información rigurosa a la comunidad.